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29 de enero de 2017

Adopta una autora: Johanna Reiss (I)



Tenía unos ocho años cuando entró en mi casa (no sé bien cómo) La habitación de arriba, de Johanna Reiss. Yo era una lectora empedernida, un auténtico ratón de biblioteca, y me leía todo lo que caía en mis manos, así que lo devoré. Lo devoré y puedo decir sin faltar a la verdad que es uno de los libros que me cambió la vida. Sí, a los ocho años. La historia de Annie y su hermana —dos niñas judías holandesas que pasan tres años escondidas de los nazis en una habitación— me caló tan hondo que durante meses me dediqué a buscar y leer compulsivamente libros ambientados en la II Guerra Mundial y así llegaron El pájaro amarillo, Charcos en el camino, Cuando Hitler robó el conejo rosa y tantos otros. Claro que había oído hablar de los nazis y de Hitler, pero apenas sabía de ellos otra cosa que eran la encarnación del mal, y creo firmemente que esas lecturas de mi infancia contribuyeron en una medida enorme a conformar a la adulta que soy. Y todo empezó con La habitación de arriba.

Imagen prestada de Tubantia

Por eso, cuando descubrí en Twitter la fabulosa iniciativa #AdoptaUnaAutora decidí adoptar a Johanna. No es una autora prolífica (solo ha publicado cuatro libros) pero para mí ha sido tan importante que creo que este pequeño homenaje es lo mínimo que le debo.

Hablar de la vida de Johanna Reiss (de soltera, Johanna de Leeuw) y de su obra es prácticamente lo mismo, pues sus cuatro libros son autobiográficos. Se la ha comparado con frecuencia con Anna Frank: ambas judías, ambas holandesas, ambas pasaron una parte importante de la adolescencia escondidas en una habitación a causa de la invasión nazi… Afortunadamente para Annie, que así la llamaban de niña, su historia tiene un final muy distinto.

¡Pero no nos adelantemos! En esta primera entrada solo quería presentárosla, hablaros de lo importante que ha sido para mí su primera obra, y, por supuesto, recomendaros su lectura, porque La habitación de arriba es uno de esos libros que, aunque están escritos para niños o jóvenes, cualquier adulto puede leer con placer y aprovechamiento. Creo que os conmoverá. En la próxima entrada os hablaré de él más en profundidad.

23 de marzo de 2014

Un pez globo y una báscula



Andrea se estira y tantea la mesilla de noche hasta encontrar el móvil y apaga la alarma. Solo con sacar el brazo de entre las sábanas ya se da cuenta de que la casa está helada y desea con todas sus fuerzas poder quedarse acurrucadita bajo el nórdico, pero la urgente necesidad de vaciar la vejiga la obliga a sacudirse la pereza y saltar de la cama. Sentada en el váter, observa la báscula con aprensión. Es sábado y le toca pesarse. La báscula le devuelve la mirada con su único ojo, tan redondo, que se ilumina en rojo o en verde según tenga que darle malas o buenas noticias. Esta semana se ha saltado la dieta y se teme lo peor. No quiere subirse, pero se sube. Luz roja, era de esperar. 94,200. Trescientos gramos más. «Empezamos bien el fin de semana.» Se da una ducha, se seca el pelo, se pinta el ojo, se viste, se mira en el espejo y no se gusta ni tantito así. Cierra la puerta del armario para apartar la horrible visión de sus michelines y sus mofletes en el espejo y se dirige a la cocina a coger el carrito de la compra.

Imagen de stockimages, en FreeDigitalPhotos.net
En la frutería de Domingo hay cola, pero no le importa, le gusta estar allí. Ha intentado convencerse a sí misma de que la idea de estarse enamorando de su frutero es completamente absurda, pero en el fondo sabe que no, que está coladita por sus huesos. Por sus huesos, por su pelo negro, por sus manos fuertes, por su espalda ancha y por sus ojos verdes que se le clavan como si supieran lo que está pensando. Trata de no mirarlo demasiado mientras escoge los tomates y los va metiendo en una bolsa uno a uno, agarrándolos con delicadeza y mesurándolos al tiempo que los mete en una bolsa. A veces se para un segundo y devuelve uno al montón. Andrea hace un esfuerzo por no imaginarse esas manos dedicadas a otras tareas, sobre todo porque cuando se las imagina, esas manos se deslizan por sus michelines y entonces la fantasía se va al traste. Domingo levanta la cabeza y la ve. Sonríe.
—Buenos días, Andrea. ¡Qué guapa vienes hoy! ¿Vas a mocear?
Andrea se ríe.
—A mocear voy a ir… a la compra, como siempre.
—Te tengo guardados unos caquis que se te va a hacer la boca agua —Andrea recuerda «ni plátanos, ni uvas, ni frutas tropicales» y se dice que le da igual, que si Domingo le ha guardado unos caquis, se los piensa comer aunque el sábado que viene suba otros trescientos gramos—. Ahora mismito te atiendo.
—No hay prisa.

Remueve con cuidado el café, con leche desnatada y sacarina, para que no se deshaga la espuma y se enciende un cigarrillo. Ángeles extiende la mano para que le pase el mechero cuando termine.
—Eres boba. Boba perdida.
—Mira que eres pesada, Geles —da una calada rápida y suelta el humo antes de seguir—. Para empezar, no tiene el más mínimo interés en mí y para seguir, no le digo nada ni muerta. Porque me va a decir que no y luego, encima, voy a tener que cambiar de frutería, con la fruta tan buena que tiene.
—Claro, que es por eso. Porque no puedes vivir sin sus melocotones.
—Pues no es por eso, pero también. Y no hagas ningún chiste obsceno con el género, que te conozco.
Geles se ríe.
—Y hablando del temita, ¿no me enseñas el dormitorio nuevo?
—¡Ay, claro! ¡Se me había olvidado!
Andrea se levanta y acompaña a Geles hasta su habitación.
—¿Te gusta?
—¡Me encanta! El cabezal de la cama es una maravilla. Queda preciosa la forja pintada de blanco contra el color de la pared. ¿Sabes a quién le iba a encantar?
—¿A quién?
—A Domingo, tienes que enseñársela un día.
—Vete a la porra

 La semana en el trabajo ha sido de las que impelen al suicidio. El servidor se ha caído cuatro veces, han perdido la licitación para la web de turismo de la Comunidad y encima se ha tenido que comer un montón de horas extras que no va a cobrar solucionando marrones que no ha causado ella. Pero es viernes, están a punto de dar las seis y media y no piensa quedarse ni un solo minuto más en la oficina. Apaga el ordenador, coge el bolso y el abrigo y está a punto de salir cuando le suena el móvil.
—Buenas tardes —la voz, con un cierto aire secretarial, le es desconocida— ¿Podría hablar con Andrea Rincón?
—Sí, soy yo.
—La llamo de Muebles Troncoso. ¿Usted compró el mes pasado un conjunto de cama de matrimonio, mesillas de noche, cajonera, librería y galán?
—Pues sí. ¿Hay algún problema?
—No, no. La llamo para comunicarle que ha resultado ganadora de nuestro gran sorteo. Le ha tocado un viaje a Japón para dos personas.
—¡¿Qué me dice?! ¿En serio?
—Completamente en serio. Puede pasar por la tienda a recoger la documentación cuando desee. Ya sabe que nuestro horario es de diez de la mañana a dos de la tarde y de cuatro y media a ocho y media.
—¡Muchísimas gracias! Iré esta misma tarde.
Cuelga el teléfono y llama a Geles inmediatamente.
—Tía, no te lo vas a creer. ¡Nos vamos a Japón!

Domingo está solo en la frutería y aprovecha para poner un poco de orden y reponer el género. Andrea lo observa desde lejos. Está tan ensimismado que no hay peligro de que la descubra. Es guapo, muy guapo, pero en realidad no es eso lo que más le gusta de él. Por supuesto que se fijó primero en su belleza, saltaba a la vista, pero lo que más le atrae es su amabilidad y su alegría. Por mucha cola que haya o por muy apurado que esté siempre tiene para cada cliente una palabra amable, una sonrisa, una receta o una broma. Es simpático, pero no al estilo de esos vendedores chistosillos que se creen muy graciosos y en realidad son unos pesados. Domingo tiene ese sentido del humor rápido e inteligente que tanto le gusta y que le cambia el ánimo por muy abatida que esté. Claro que hoy no es uno de esos días. Hoy está pletórica. El lunes por la mañana Geles y ella se marchan a Japón y, por si fuera poco, aquella mañana la báscula le ha hecho un guiño en verde: kilo y medio menos. Al fin ha bajado de los noventa. Pero la verdad es que está tan contenta que casi le hubiera dado igual haber subido un poquito.
Con un cierto sentimiento de culpa se imagina en el aeropuerto, esperando, no a Geles, sino a Domingo. Él llega corriendo, con una bolsa de viaje al hombro, y le da un beso de esos que se dan en los aeropuertos las parejas de las películas. A lo mejor Geles tiene razón y debería de animarse y decirle algo. Pero no, ni siquiera la euforia del viaje la hace ser tan ilusa. Quizá cuando baje diez o quince kilos… Aparta la idea de su mente y se acerca hasta el mostrador.
—Hola, chico guapo —se sorprende de su propia osadía.
—Hola, chica guapa —él responde con una sonrisa—. ¿Qué horas son estas de venir? ¿No te da vergüenza, tenerme toda la mañana esperando?
—Es que hoy he estado muy atareada.
—¿Y eso?
—Porque el lunes me voy de viaje con una amiga.
—¡Mírala qué bandida! ¿Y a dónde?
—A Japón. Me ha tocado el viaje en un sorteo.
—¡No me digas! Qué suerte, me corroe la envidia. ¿Cuántos días os vais?
—Dos semanas, aunque con los vuelos tan largos solo estaremos allí once días, que tampoco está mal.
—¿Me estás diciendo que me voy a pasar quince días sin verte? Tu crueldad no tiene límites.
Andrea se ríe. Sabe que aquello no es más que amabilidad, pero le gusta escucharlo.
—Bueno, te traeré un regalito para compensarte.
—No esperaba menos. A ver, dime, ¿qué te pongo?

El avión da un salto y se le abren los ojos. No sabe ni qué día es, de la hora ya ni hablar. Geles, a su lado, duerme como una bendita. Han hecho en París una escala de 12 horas que han aprovechado para visitarlo. Era la primera vez que pisaba Francia y, pese al frío y la llovizna de finales de marzo, se ha enamorado de la ciudad. Le han sacado el máximo partido posible al día, pero ahora lo está pagando. Al subir al avión estaba rendida, pero le dolían tanto los pies que cuando un auxiliar de vuelo se llevó su bandeja de la cena le costó un mundo dormirse, pese a que se puso una película especialmente aburrida (que ya había visto) para ayudarse a conciliar el sueño.
Levanta un poco la persiana de su ventanilla y descubre que el cielo arde en un delirio de rosas, naranjas y rojos que se refleja en una inmaculada alfombra de nubes. Los amaneceres en los aviones siempre le han parecido impresionantes y resulta casi inconcebible que muchos cientos de metros más abajo, algún lugar del mundo se despierte a un día lóbrego y gris, probablemente lluvioso. Enciende la pantallita de su asiento y ve en el mapa del GPS que todavía les quedan más de seis horas de vuelo. Suspira, se da la vuelta, se acomoda lo mejor posible en el asiento e intenta dormir.

Andrea se deja caer en la cama y se sobresalta al notar lo mucho que tarda su cuerpo en tocar el colchón. Les han reservado habitación en un precioso hotel tradicional y la cama no se levanta ni dos palmos del suelo. Geles se derrumba a su lado. Están agotadas del viaje, aunque se han pasado gran parte durmiendo.
—No puedo con la vida —la voz de Geles suena como si acabase de despertarse con la peor resaca de la historia—. Ya sé que solo tenemos once días, pero yo necesito descansar un rato.
—Iba a decirte eso mismo —Andrea se incorpora con esfuerzo—. Me doy una ducha y me acuesto. ¿Te parece que durmamos hasta la hora de comer y luego damos un paseo por el Parque Ueno? Creo que es la época de los cerezos en flor.
—Me parece perfecto —Geles alza un poco la voz para que su amiga la escuche desde el baño.
—¡Eh, mira, tienen un váter de esos con calefacción y chorritos!

Le parece increíble que haya pasado ya una semana, pero a la vez tiene la sensación de llevar allí muchísimo más tiempo. Aunque no lo haga a menudo, le encanta viajar y, sin embargo, Japón nunca había estado entre sus prioridades. Ahora no se lo explica. En su mente se agolpan sensaciones intensas e imágenes espectaculares de un paseo en barca bajo millones de flores de cerezo en el Parque Ueno; de la marea humana del cruce de Shibuya, deteniéndose y dispersándose al ritmo que marcan las luces de los semáforos; del carnaval del barrio de Harajuku, que no es ningún carnaval, porque esa gente se viste así de verdad; del atardecer reflejándose en la cumbre nevada del monte Fuji desde el tren bala; del viaje al pasado por las estrechas calles de la isla de Miyajima bajo la lluvia; y el estremecimiento que le recorrió las entrañas al contemplar Hiroshima desde su castillo (destruido en 1945, reconstruido en 1958), y al visitar el cenotafio del Parque de la Paz, monumento a las víctimas o al horror y la estupidez humana. Geles y ella están disfrutando como nunca. El saberse a 11.000 kilómetros de casa, donde absolutamente nadie las conoce les proporciona una sensación de libertad inesperada y, poco a poco, han comenzado, sin proponérselo ni ponerse de acuerdo, a probar cosas nuevas y a hacer otras a las que nunca se habían atrevido. Empezó por tonterías, como probar el sushi (ninguna de las dos era, hasta entonces, muy partidaria de la idea de comer pescado crudo y a las dos les ha encantado) o cantar en un karaoke, pero poco a poco le han ido cogiendo el gustillo. Sobre todo Geles, que la empuja y la hace saltarse continuamente las fronteras invisibles que ella misma se había marcado, hasta el punto de convencerla para ir a un onsen, los baños públicos japoneses, y disfrutar, completamente desnuda y rodeada de gente, de las aguas termales sin preocuparse de sus michelines ni de su celulitis. Lo de hoy es, quizás, demasiado, pero ha decidido no privarse de nada y no es momento de echarse atrás. El camarero deja el plato sobre la mesa con una sonrisa. «Fugu sashi», dice, y les desea buen provecho en un inglés con mucho acento.
—¿De verdad que te lo vas a comer? Mira que como te me mueras te mato.
—Pues claro que sí. No seas tonta, ¿te crees que lo sirven así al buen tuntún? Esto tiene unos controles del gobierno tremendos, no hay ningún peligro.
Como casi todo lo que han comido desde que están allí, el plato parece una obra de arte: finísimas lonchas translúcidas de pez globo dispuestas en forma de flor de crisantemo. Andrea toma el pescado con los palillos y se lo mete en la boca. Es delicioso.
—Prueba un poco, de verdad, está increíble.
—No, paso, paso. Yo con mi unagi estoy más que contenta.
—Mejor, más para mí. Tú te lo pierdes.
Andrea disfruta de la comida, del sake y de la conversación. Geles la ha convencido para comprarse (y ponerse) una minifalda y comprueba, sorprendida, que no se siente mal, que no intenta taparse las piernas con la servilleta. Su yo japonés le encanta.
—¿Qué vamos a hacer mañana en Kyoto, entonces?
—Bueno, el palacio imperial y los templos son lo más famoso de la ciudad y, desde luego, no deberíamos dejar de verlos. Pero ya que estamos aventureras, se me había ocurrido que podíamos hacer un descenso por el río Hozu, que está como a veinte minutos en tren y… ¿Andrea, me estás escuchando? ¿Qué haces con la boca?
—No sé, me noto algo raro, como que se me duermen los labios.
—Ja, ja, ja, muy graciosa.
—No, en serio, noto como cuando te tomas una pastilla de esas para la garganta que tienen un poco de anestésico.
—Estás de coña, ¿no?
—No, no, es totalmente en serio.
La mano de Geles se levanta como un resorte y el amable camarero acude enseguida, con una sonrisa en los labios que se le borra igual de rápido cuando Andrea le explica lo que le pasa.

Cuando llega la ambulancia ya le está empezando a doler la cabeza, se marea y le falta el aire. La cara de pánico de Geles no le ayuda a dominar el suyo, pero lo intenta. Al entrar en urgencias tiene todo el cuerpo dormido y respirar se le hace cada vez más difícil, pese a la máscara de oxígeno. La rodea gente con bata blanca que habla japonés y cuando quiere darse cuenta se la están llevando por un largo pasillo y Geles se queda atrás, en una gran sala de espera con cara de angustia y tristeza absolutas. Antes de desaparecer tras una puerta batiente de doble hoja que se abre a golpe de camilla intenta gritarle que no se preocupe pero descubre, aterrada, que no puede hablar.

El lavado de estómago no ha sido tan desagradable como se imaginaba; apenas ha sentido nada. El carbón activo le ha costado tragarlo; tenía la garganta completamente dormida. El tubo de la máquina de ventilación mecánica ya ni lo nota. «Voy a morirme aquí. Voy a morirme en el quinto pino rodeada de desconocidos y a matar a Geles del trauma. Y encima me voy a morir por idiota, por ir de guay.» Se le cae una lágrima y Geles se la seca con el dorso de la mano. Ella también llora. La médica les ha explicado en inglés que la tetrodotoxina del fugu paraliza los músculos, pero no llega a afectar al cerebro, así que no se pierde la consciencia. «Hasta el final», pensó Andrea. El final. Les han dicho que si pasa las primeras veinticuatro horas se recuperará completamente, lo que no les han contado es cuántos las superan.
—No llores, tonta, que me haces llorar a mí. Te vas a poner bien, ya lo verás. No me puedes hacer volver sola, que ya sabes que no me gusta volar. Mira que eres mala amiga.
Si pudiese sonreír, sonreiría.
Geles habla y habla, intentando animarla, intentando provocar algún tipo de reacción. Y ella lo escucha todo, pero no puede responder. Pasan las horas y Geles se queda sin nada que decir. El silencio va cayendo sobre la habitación y lo único que se escucha es el sonido rítmico de la máquina de ventilación y el bip que va marcando sus débiles pulsaciones. Andrea lamenta su temeridad, pero siente mucho más todo lo que se va a perder. Le gustaba tanto su yo japonés que estaba decidida a llevárselo de vuelta a casa. Había pensado en hacer un gran viaje al año, con Geles o con quien fuera; volver a la piscina, aunque le diera vergüenza ponerse en bañador; y apuntarse a bailes de salón, aunque no tuviese pareja. Quería cantarle las cuarenta a su jefa y dejar de tragarse marrones con la cabeza baja y una sonrisa; dejar de huir del conflicto. Hasta se había planteado invitar a cenar a Domingo. Ante la certeza, la casi certeza de la muerte todo aquello —la vergüenza, el miedo al ridículo— le parece tan absurdo… No hay nada peor que morirte antes de los treinta y darte cuenta de que no has vivido. Quiere luchar, pero no sabe cómo y está tan cansada…

Geles grita «¡Andrea, Andrea, despierta! ¡Por tu madre, no te me mueras!» y la sacude con toda su fuerza. Andrea abre los ojos y siente que su amiga se derrumba sobre ella, deshecha en sollozos. «¡La madre que te parió, no te me vuelvas a dormir!»
—No he podido evitarlo.
Ni siquiera se da cuenta de que lo ha dicho en alto hasta que Geles se incorpora como un resorte y entre risas y más lágrimas llama a gritos «Nurse, nurse!».

Andrea se estira y tantea la mesilla de noche hasta encontrar el móvil y apaga la alarma. El sol se cuela por las rendijas de las persianas y le pinta motitas de luz en la cara. Desea con todas sus fuerzas acurrucarse otro ratito entre las sábanas, pero le revienta la vejiga. Sentada en el váter, observa la báscula y piensa: «Ahí te quedas, chata». Se da una ducha, se seca el pelo, se pinta el ojo, se viste y se echa a la calle.

—¡Hombre, japonesa! ¿Dónde te habías metido?
La sonrisa de Domingo le parece más luminosa que nunca.
—Me lié un poco en Japón, un día de estos te cuento.
—¡Huy, qué misteriosa! Pues nada, nada, dime qué te doy.
—Hoy te traigo una cosa yo a ti —le acerca el paquete, con un kimono de seda cuidadosamente envuelto, por encima del mostrador y él le roza la mano al cogerlo.
—Te has pasado tres pueblos. No tenías que traerme nada.
—Ya lo sé, pero me apetecía. Últimamente hago mucho más las cosas que me apetecen. Y me encanta.
—¿Pero qué te han dado en Japón?
—Si yo te contara… Y hablando de apetecer, ¿te apetece que cenemos esta noche?
—Me apetece mucho. ¿Hace un sushi?
—No, sushi no, por favor.

25 de febrero de 2014

Eso es lo que tú te crees

Álex
El dolor era tan insoportable que estaba segura de que no lo iba a aguantar más, de que se iba a partir por la mitad y entonces, con un último empujón, desapareció. Oyó un llanto lleno de vida y desesperación y vio por primera vez a Álex entre las manos ensangrentadas de la tocóloga. La invadió la felicidad y el cansancio. Todo estaba bien.
                     
Chus
Era una sensación extraña, notar la presión del bisturí mientras cortaba su piel y su carne, pero ningún dolor, aunque de eso ya la habían advertido. Lo que la sorprendió fue el repentino vacío que sintió en el vientre cuando le rompieron la bolsa y por fin Chus vino al mundo. No se esperaba que sería así. Su marido le apretó la mano y le acarició el pelo. Todo estaba bien.

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Álex
Se detuvo un momento en el quicio de la puerta para mirar a Álex en la cuna antes de salir de la habitación. Su minúsculo cuerpecillo apenas abultaba bajo la colcha, que se movía levemente al ritmo de su respiración; arriba y abajo, arriba y abajo. Estrellas, lunas, planetas y hasta una nave espacial de luz se reflejaban en el techo, las paredes y la colcha: el primer regalo de Álex, un proyector musical, iluminaba suavemente la habitación. Un cometa verde cruzó la cara de su bebé y, pese al cansancio y la falta de sueño, sintió una oleada de amor que le recorría el cuerpo desde la cabeza hasta los pies.

Chus
Sus manos despegaron con mucho cuidado el último trozo de cinta adhesiva para no romper el precioso papel de regalo desde el que la contemplaban los enormes ojos sonrientes de un montón de gatitos violeta, ositos rosa y conejitos malva. Era el primer regalo de Chus y quería conservar el enorme lazo y el papel de recuerdo. Deshizo las dobleces y descubrió un vestidito rosa palo con el cuerpo bordado en nido de abeja. Era precioso. Lo sujetó por los hombros con el pulgar y el índice de cada mano y lo levantó, extendiendo los brazos y sosteniéndolo a la altura de los ojos para verlo mejor. Aun era un poco grande para Chus, pero cuando llegase el verano le quedaría perfecto. Se la imaginó sentada en su mantita, bajo un árbol del jardín, con su vestidito nuevo y sintió una oleada de amor que le recorría el cuerpo desde la cabeza hasta los pies.

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Álex
—¿Qué pijama prefieres, el de naves espaciales o el de Spiderman?
—¡El de naves! ¡No, el de Spiderman! ¡No, el de naves!
—A ver, decídete por uno y deja de saltar encima de la cama.
—El de naves. ¿Me lees un cuento?
—Bueno, pero uno corto. ¿El de Ratonauta?
—¡Sí, sí! ¡Ratonauta!
—Muy bien, pero te quiero dentro de las sábanas, punto en boca…
—¡Y con los ojos bien cerrados!
—¿Ves cómo te lo sabes de bien cuando quieres? Pues venga, allá voy. Júpiter era un ratón pequeñito. Tenía el pelo pardo, los ojos castaños y una larga cola, como todos los demás ratones, pero también tenía algo especial: Júpiter vivía en un laboratorio científico. Había nacido allí y allí se había criado con sus ocho hermanas y hermanos. El sueño de Júpiter era ir al espacio y todas las noches, cuando las luces del laboratorio se apagaban, contemplaba desde su jaula la luna, las estrellas y los planetas. Lo que no sabía Júpiter…

La suave respiración acompasada de Álex le indicó que se había dormido. Le apartó un mechón de la cara, le dio un beso y salió sin hacer ruido.

Chus
—Siéntate en la cama, que te voy a cepillar el pelo.
—¿Por qué me cepillas el pelo todas las noches si me voy a ir la cama?
—Para que por la mañana lo tengas bonito y brillante como una princesa.
—¿Las princesas se cepillan el pelo todas las noches antes de acostarse?
—Claro, porque tienen que estar muy guapas para encontrar a su príncipe azul.
—Ah, ya… ¿Me cuentas un cuento?
—Te voy a contar uno de una princesa que tenía el pelo, muy largo, muy largo. Pero tienes que estar calladita como una niña buena.
—Vale.
—Había una vez una preciosa princesa que se llamaba Rapunzel a la que una hechicera malvada había encerrado en una torre altísima sin ninguna puerta, para que no pudiera escaparse. Rapunzel tenía una hermosa melena dorada, tan larga, tan larga, que si dejaba caer su trenza desde la ventana de lo más alto de la torre le llegaba casi hasta el suelo. La hechicera iba a verla todos los días, pero como la torre no tenía puerta, le decía a Rapunzel que le lanzase la trenza por la ventana para poder trepar por ella hasta arriba del todo. Un día, el hijo de un rey escuchó cantar a Rapunzel…

La suave respiración acompasada de Chus le indicó que se había dormido. Le apartó un mechón de la cara, le dio un beso y salió sin hacer ruido.

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Álex
Incluso antes de que la puerta del dormitorio se abriese de par en par y entrase Álex en tromba, exclamando a grito pelado «¡Han venido, han venido! ¡Se han comido los polvorones!» ya se le había abierto un ojo, aunque apenas eran las ocho de la mañana y se había acostado bastante tarde. El día de Reyes siempre había sido su favorito del año y, desde que estaba Álex, había vuelto a vivirlo como en la infancia. Se había instituido la tradición de esconder los regalos por toda la casa y Álex corría de un lado a otro, abriendo puertas, vaciando cajones, trepando a las estanterías, metiéndose debajo de las camas y los sofás y llenando la cama de matrimonio de pelusas al subirse de un salto para exhibir cada regalo a medida que los iba encontrando. Este año la cosa había ido rápida y, en poco más de media hora, la habitación parecía un campo de batalla, cubierto de papel de colores desgarrado, lazos deshechos, cajas abiertas y vacías, piezas de Lego esparcidas por la alfombra, varios cómics también desperdigados y un par de patines en línea, cada uno en una esquina. Álex había recibido con especial ilusión el juego de química y se dedicaba a sacar los componentes de la caja uno por uno, admirando los matraces, las probetas, el mechero de alcohol y el intenso azul del sulfato de cobre.
—¿Puedo bajar a casa de Rafa a enseñarle mis regalos?
—Bueno, pero solo un momentito.

Chus
Este año le había sido más difícil que los anteriores escabullirse de la cena para dejar los paquetes debajo del árbol de Navidad sin que Chus se diera cuenta y todavía le había costado mucho más distraerla para que no saliese del comedor a comprobar si Papá Noel había traído ya sus regalos. «No puedes salir todavía. Mira que si lo pillas en plena faena se va a enfadar». Como todas las Nochebuenas, Papá Noel llegaría a las doce, pero ella llevaba un buen rato mirando el reloj sin parar y casi le resultaba imposible estarse quieta en la silla. «¿Habrá llegado ya?», preguntaba cada vez que consultaba la hora. Cuando el carillón anunció que había llegado la medianoche, se levantó como un resorte y salió escopeteada hacia la entrada. Sentada al pie del árbol, iluminada por las luces de colores del abeto sintético, Chus abría un paquete tras otro, poniendo una banda sonora de exclamaciones y aplausos a cada nuevo descubrimiento: la cocina mini-loft, el armario de Barbie, el maletín de maquillaje, el bebé Popolino… Cogió el muñeco y lo abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Puedo bajar a casa de Bea a enseñarle mis regalos?
—Bueno, pero solo un momentito.

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Álex
Miró el reloj. Las ocho y veinte. ¿Por qué tendría Álex que tardar siempre tantísimo en vestirse? Apenas quedaban ya coches en el aparcamiento de la piscina y empezaba a sospechar que el suyo sería el último en abandonarlo, como casi siempre. Hacía tanto frío que se veía el aliento aun dentro del coche. Estaba pensando en encenderlo y dejarlo a ralentí para poner la calefacción, cuando se abrió la puerta de atrás y entró Álex, tiritando.
—¿Qué, te has quedado a apagar las luces?
—Es que no encontraba una chancla.
—Te voy a dar yo a ti chancla. Más bien estarías dándole a la lengua. Anda, abróchate el cinturón, que ya sabes que si no, no arranco.

Chus
Como siempre, la clase de gimnasia rítmica terminó con un aplauso que las niñas se daban unas a otras. A través de las grandes cristaleras del gimnasio, miró con orgullo las largas piernas de Chus y con qué elegancia y gracilidad las movía al girar o saltar sobre el tapiz. Era uno de sus placeres secretos: llegar diez minutos antes de la hora de salida para poder contemplarla un ratito desde el coche, sin que ella se diera cuenta. La mirada de Chus se dirigió a la calle, localizó el coche aparcado frente al gimnasio y echó a correr en su dirección, con la bolsa de deportes al hombro, mientras se despedía de sus compañeras con la mano.
—¿Has visto lo alto que lanzo la maza en la segunda dificultad?
—Sí, cariño y no se te ha caído ni una sola vez.
—Tatiana dice que he mejorado mucho.
—Y es verdad.
—¡Madre mía, qué hambre tengo! ¿Me has traído algo para merendar?
—Tienes una manzana ahí en esa bolsa.
—¿Una manzana! ¡Pero es que estoy muerta de hambre!
—Ya sabes lo que dice Tatiana, no te puedes pasar ni medio kilo del peso. Luego vienen las lágrimas. Anda, abróchate el cinturón, que ya sabes que si no, no arranco.

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Álex
Le resultaba increíble que hubiera pasado ya tanto tiempo, pero así era: Álex tenía dieciséis años, empezaba el bachillerato y en dos años se marcharía de casa para ir a la universidad. Le daba vueltas la cabeza solo de pensarlo. El ruido de las llaves en la cerradura y la puerta de la calle al abrirse anunció que Álex había llegado.
—¡Ya estoy en casa!
—¡Pues sí que has llegado pronto! ¿Qué tal ha ido?
—¡Genial, me ha tocado en clase con Rafa!
—¿Y tenéis tutor o tutora?
—Tutora. Nos ha tocado Fina, ¡lo que yo quería!
—¿Fina qué era, la que da historia?
—Física y química… Este año ya no tengo historia, que voy por ciencias y tecnología. No te enteras.
—Bueno y qué tal, ¿es tan buena como dicen?
—Pues sí, es genial. Muy maja y no nos ha metido nada de caña. Pero bueno, hoy solo era la presentación, ya se verá.
—¿Y quién más os ha tocado?
—Pues otra vez Planas en biología y Manuela en educación física, o sea que guay. El resto no me ha dado nunca clase, pero en mates tenemos a Alarcón, que tiene una fama de hueso que te cagas.
—¡Qué finura, qué elegancia en el hablar!
—¡Boh! Pues una fama de hueso que flipas.
—Y qué, ¿te han dado la lista de libros? ¿Cuántos millones me tengo que gastar este año?

Chus
El delicioso olor del sofrito para la paella comenzaba a inundar la cocina cuando sonó el timbre del portero automático. Dejó el cuchillo sobre la tabla de madera en la que estaba cortando los tomates para la ensalada y, limpiándose las manos con un paño, fue a contestar. Era Chus, que volvía del instituto y se había dejado las llaves. Salió a la entrada, dejó la puerta del piso entreabierta y cerró la de la cocina tras de sí para que no saliese el olor a comida al resto de la casa. Enseguida oyó a su hija entrar e ir a dejar las cosas a su habitación antes de dirigirse a la cocina.
—¡Hola! ¡Qué bien huele!
—Si bien huele, mejor sabrá. ¿No me das un beso?
—No me has dado tiempo.
—Anda, ve poniendo la mesa, por favor. ¿Qué tal ha ido?
—Bien, el tutor es majo. Bueno, parece. De los profesores no conozco a casi ninguno, pero creo que no me ha tocado ningún hueso.
—¿Y Bea?
—No nos ha tocado juntas, porque ella va por humanidades y yo por ciencias, pero su clase está enfrente de la mía, así que guay. Nos veremos en todos los cambios de clase y tal.
—Bueno, ¿y hay algún chico guapo en clase?
—No, en clase no hay gran cosa, la verdad.
—También es mala suerte.
—Pero hay uno guapísimo en 2º C: alto, morenito, así con pinta de surfero. Se llama Óscar. Me lo ha dicho Bea, que su hermano lo conoce.
—Pues a ver si te lo presenta, ¿no?
—¡Ay, sí! ¡Es tan guapo! Pero bueno, no sé, ya se verá, que queda mucho curso.
—Y qué, ¿te han dado la lista de libros? ¿Cuántos millones me tengo que gastar este año?

*****                *****                *****

Álex
El trato había sido que si sacaba matrícula de honor le pagaban el carnet de conducir y la había sacado. Nunca había estudiado tanto en su vida, pero había valido la pena y no tanto por lo del carnet, sino por la indescriptible sensación de orgullo y euforia al recoger las notas en secretaría. El instituto quedaba bastante cerca de su casa, pero le gustaba tanto conducir y le hacía tanta ilusión que pidió el coche en casa para ir con Rafa a ver las notas de la selectividad. No es que se jugase gran cosa, no le cabía duda de que iba a aprobar y la nota de corte de Físicas era muy baja, pero se había propuesto que no le bajase la media de nueve y ahora le empezaban a entrar las inseguridades.
Como ya no había clases, el aparcamiento del instituto estaba medio vacío, así que dejaron el coche a la misma puerta. No se podía decir lo mismo del tablón de anuncios, que estaba rodeado de una masa de estudiantes que se agolpaban para ver sus notas. Rafa se abrió paso entre la multitud. Apenas lograba distinguir su pelo moreno y lacio entre el barullo de cabezas cuando le llegaron sus gritos.
—¡Hemos aprobado! ¡Y me da la media para teleco!
—¿Qué media me queda a mí?
—¡Un 9,25, pedazo de monstruo!
Álex volvió a llenarse de orgullo y euforia y, apartando un par de personas más, llegó hasta su amigo.
—¡Choca esos cinco, chaval!
—¡Toma, toma y toma! ¡Nos vamos a la universidad!

Chus
Las tripas se le iban llenando cada vez de más ciempiés bailando claqué a medida que se iban aproximando al instituto. Chus era muy buena estudiante y todos se reían de ella cuando decía que tenía miedo de haber suspendido la selectividad, pero había estado muy nerviosa durante los exámenes y ya ni se acordaba de lo que había escrito. Por no hablar de sus eternas inseguridades, que le estaban pasando factura. Bea caminaba a su lado, parloteando alegremente: estaba segura de aprobar y filología no tenía nota de corte, así que para ella aquello era un mero trámite.
—Tía, alegra esa cara, que parece que vas al matadero en vez de al instituto.
—Es que como suspenda me muero, Bea.
—¡¿Pero qué vas a suspender?! Anda, para ya con eso.
—Es que como tenga que ir a septiembre y me quede sin plaza en magisterio y no pueda ir a la universidad con Óscar me da algo. ¡Me da algo!
—Bueno, pero podrías hacer biología, que era lo que querías en primero, y en biología siempre hay plazas.
—Sí, pero entonces no podría estar con Óscar
—Cómo sois, parecéis siameses.
—¡Siameses! ¿Te ha parecido poco todo este curso separados, sin vernos más que los fines de semana?
—De eso no se ha muerto nadie, mujer.
—No, morirse no se han muerto, ¿pero cuántas parejas siguen juntas yendo a distintas universidades?
—Bueno, pues lo vamos a saber ahora mismito.
Entraron al vestíbulo del instituto, casi vacío, salvo por tres chicas y dos chicos que consultaban las notas de la selectividad en el tablón de anuncios.
—Míralas tú, que yo no quiero ni verlas.
—¡Hemos aprobado las dos!
—¡Toma, toma y toma! ¡Nos vamos a la universidad!

*****                *****                *****

Álex
Le temblaban las rodillas, las manos y todo el cuerpo en general. Habían sido dos años de esfuerzo, horas y horas de trabajo, noches sin dormir y disgustos, y al fin había llegado la hora de la verdad. Sentía que aquel era el día más importante de su vida, que todo dependía de aquel momento: su doctorado, su beca para investigar la presencia de planetas extrasolares en la Agencia Espacial Europea, quedarse en España o marcharse a Noordwijk… su futuro. Nunca había tenido pánico escénico, pero tampoco había defendido nunca una tesis. Le asaltaron pensamientos terribles y se vio mirando con cara de idiota al tribunal, sin saber responder a las preguntas que le hacían. El temblor de las manos era casi incontrolable. Miró el reloj. Era la hora. Respiró hondo y subió al estrado con las manos en los bolsillos para hacer algo con ellas.
La presidenta del tribunal explicó el procedimiento que tan bien conocía, le advirtió del tiempo de que disponía para su exposición inicial y le concedió la palabra. Justo antes de empezar a hablar, buscó entre las gradas del aula magna los ojos que le transmitían cariño y tranquilidad —su madre, su padre, Rafa, sus demás amistades— y sintió que la bola de plomo que tenía en el estómago se deshacía de pronto. El miedo se había desvanecido.

Chus
Su cuerpo no le avisó. Estaba tan tranquila, aprovechando el recreo para corregir exámenes, cuando notó una patada fuerte en el vientre y agua tibia corriendo por sus muslos. Se asustó por lo inesperado —aun faltaban tres semanas— y por lo inoportuno —no tenía ropa para cambiarse, ni la bolsa del bebé, ni nada de nada— y se quedó paralizada, sin saber qué hacer, salvo mirar la mancha oscura que se le iba extendiendo por los pantalones premamá que tanto odiaba. La sacó de su estupor la voz de su compañera Susana: «Chus, ¿te encuentras bien?». Fue como un interruptor que activase un mecanismo oculto y le entró el pánico. Empezó a dar vueltas por la sala de profesores repitiendo cosas como «He roto aguas», «No encuentro nada», «Tengo que irme a casa» o «¿Dónde he dejado las llaves del coche?». Óscar tenía el teléfono apagado y, en su nerviosismo, se empeñaba en coger el coche para ir a casa a recoger las cosas para el hospital. Susana consiguió convencerla para que la dejase llevarla en el suyo y se calmó un poquito pero seguía teniendo el estómago lleno de mariposas. Y no eran de las buenas. Sentada en el Opel Astra de Susana sintió la primera contracción y volvió el pánico. Llamó a Óscar por enésima vez: «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura». Susana intentaba tranquilizarla hablándole suavemente de lo bien que iba a ir todo y lo preciosísimo que iba a ser su bebé. Funcionaba, pero poco. De pronto, las voces de Sonny y Cher salieron de su móvil —I got you, babe. I got you, babe.— y la sonrisa de Óscar la miró desde la pantalla. El miedo se había desvanecido.

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Álex y Chus
Álex encontró sitio para aparcar a la misma puerta, no se podía creer su suerte. Había querido aprovechar las vacaciones para que la viese su ginecóloga de toda la vida. Su madre se reía de ella y le preguntaba si no había ginecólogas en Noordwijk, pero la Dra. Vázquez llevaba atendiéndola desde los trece años y había atendido a todas las mujeres de su familia, así que no quería dejarla. La enfermera la recibió con una sonrisa en los labios, como siempre, y la hizo pasar a la sala de espera. «Lo siento, hoy lleva un poco de retraso.»
En la sala había dos mujeres, una señora de mediana edad y una chica más o menos de la suya, que lucía una hermosa barriga de embarazada. Saludó y paseo la mirada por la mesa de centro buscando entre la prensa desperdigada por ella alguna que le interesase. Entre las consabidas revistas de cotilleo, de bebés y de decoración localizó una de viajes con una increíble foto del Kilimanjaro, con su cumbre nevada, en la portada y la cogió antes de sentarse a esperar. Se deleitaba en mirar las fotos y recordar su viaje a Tanzania, pero las otras dos mujeres empezaron a charlar y su conversación atrajo su atención.

—¿Pero cómo va a ser el tercero? ¡Eso es imposible, con lo joven que eres!
—¡Ay, muchas gracias, pero ya no soy tan joven!
—No puedes tener más de treinta años.
—Acabo de cumplirlos.
—Pues chica, qué ánimos tenéis. Yo con dos ya tuve bastante.
—Dan trabajo, sí. Y ahora con la barriga, el cansancio y el sueño. Menos mal que se ha terminado el curso, porque ya no podía más.
—¿Eres profesora?
—Era. He decidido dejarlo para cuidar de los niños. El sueldo de Óscar, mi marido, nos llega y al final, pagando dos cuotas de guardería casi no nos compensa que trabaje yo, para que al final los niños se pasen el día con desconocidos o con los abuelos.
—¿Y no te da pena dejar de enseñar?
—Bueno, un poco. Me gusta mucho trabajar con niños. Pero siempre quise ser madre y va a ser muy bonito poder dedicarme a cuidar de los míos. Al fin y al cabo, la decisión la he tomado yo libremente.

30 de abril de 2013

Luces

No abrió los ojos. Buscó a tientas el despertador en la mesilla y lo apagó a manotazos. Siguió palpando y encontró, como todas las mañanas, el interruptor de la lamparita de noche y lo pulsó. Notó, a través de los párpados cerrados, que la tenue luz anaranjada llenaba la habitación y se sintió reconfortada y segura. Abrió los ojos. A sus pies, su gata, vieja y rechoncha, pero con un pelaje gris azulado todavía suave y brillante, dormía hecha un ovillo. La tranquilizaba verla dormir con aquella placidez, dejando escapar de vez en cuando un ligero ronquido. «Si hubiera algo, ella lo notaría», se decía a sí misma.



Recordaba con precisión exacta el momento en que había empezado aquella locura, de la manera más inocente, como suelen empezar estas cosas. Dos cafés, dos amigas, un montón de cigarrillos, una conversación en una hora libre en la cafetería de la facultad. «Es mi peor miedo», había dicho Laura, «encender la luz y encontrarme a alguien justo delante de mí». Lucía se había reído. «¡Qué ridiculez de miedo!», había pensado, pero lo único que había dicho era que el suyo era el dolor, y la conversación derivó hacia la muerte, los hospitales, la pérdida de seres queridos. No volvió a dedicarle a aquello ni un solo pensamiento en todo el día y, sin embargo, cuando la puerta del ascensor se abrió a su rellano, a oscuras, se descubrió, sorprendida, esperando, deseando que no hubiera nadie tras ella. Se rió de su propia estupidez, pero se apresuró a entrar en casa antes de que se apagase la luz automática del descansillo.

Encendió el interruptor del pasillo y retrocedió un paso para apagar el del dormitorio antes de dirigirse a la cocina a prepararse el desayuno. Todavía faltaba una hora para que empezase a entrar luz por las ventanas. Cargó la cafetera y metió dos rebanadas de pan de molde en el tostador.

La cosa había ido a peor. Empezó a acostumbrarse a encender la bombilla de la puerta de casa para no tener que salir a la oscuridad total del rellano. La abochornaban aquellas carreritas desde el interruptor hasta la puerta de casa para apagar la luz y pasar la llave antes de que se abriese el ascensor, pero había llegado a un punto en que era incapaz de contenerse. En más de alguna ocasión el ascensor se había detenido en su planta con algún vecino dentro y la había pillado todavía a medio camino. «Me había olvidado de cerrar» o «He salido sin el paraguas», se excusaba.

Se dio una ducha rápida, estiró la ropa de la cama aprisa y corriendo, y se maquilló. Tenía una reunión importante a media mañana y decidió ponerse su perfume favorito. Había empezado a usarlo cuando la contrataron en el bufete. Siempre le había gustado, pero era demasiado caro para su exiguo sueldo de becaria, y con su primera nómina de abogada se había regalado el frasco más grande que tenían en la perfumería.

Fue por aquella época, en la que por fin se mudó a un apartamento propio, cuando empezó a verlos... o a creer que los veía. La primera vez fue de madrugada. La había despertado la vejiga y se había levantado de la cama casi dormida. Descalza y a tientas, medio sonámbula, arrastró los pies hasta el baño y al encender la luz vio unos ojos frente a los suyos. Unos ojos hundidos, amarillentos y apagados, con una mirada vacía que le heló la sangre. Fue apenas un instante, una fracción de segundo de horror y luego los ojos habían desaparecido, pero se sobresaltó tanto que se le escapó un grito y se golpeó un pie contra el marco de la puerta al dar un paso atrás instintivamente. Le resultó imposible volver a dormirse. Sabía que era absurdo, que no había nadie en la casa, pero recorrió todas las habitaciones, buscando por todos los rincones, encendiendo las luces a su paso y dejándolas encendidas. Se metió en la cama e intentó leer para alejar el miedo, pero tenía aquellos ojos grabados en las retinas.

Abrió un cajón de la cómoda tras otro, buscando el pañuelo de seda azul que se había comprado en un viaje de negocios a Japón. Hacía frío por las mañanas y tenía tendencia a coger catarros de garganta. No lo encontró, pero se dio cuenta de que apenas le quedaban bragas limpias y tomó nota mental de poner la lavadora antes de salir de casa. Se arrodilló para buscar el pañuelo debajo de la cama y dio un respingo al ver los ojos brillantes de su gata que la miraban desde la penumbra. «¡Casi me matas del susto, pitufa!» El pañuelo estaba allí. Lo recuperó de un tirón e, incorporándose, lo dejó sobre la cama y cogió del armario el traje sastre gris marengo y una camisa celeste.

Llegó a convencerse de que se había imaginado aquellos ojos. Una mala pasada del subconsciente, una intromisión del sueño en la vigilia. Aun así, a partir de entonces puso especial cuidado de no quedarse nunca a oscuras. Empezó a dejar la lamparita de noche encendida cuando se iba a la cama, pero la luz no la dejaba dormir. Lo intentó con un antifaz durante un tiempo, pero le molestaba y la claridad se filtraba a través de la tela, así que adoptó la técnica de buscar el interruptor a tientas por las mañanas.
Se avergonzaba de aquellas manías, especialmente cuando tenía invitados o se iba de viaje con alguien, pero el terror a la posibilidad de volver a ver aquellos ojos era más fuerte que la vergüenza. Y sin embargo, pese a todas sus precauciones algo acababa escapándose a su férreo control. Las luces automáticas eran su pesadilla: los garajes, los aseos en cafeterías y restaurantes, los pasillos de algún hotel… E, invariablemente, cuando volvía a hacerse la luz se encontraba aquellos ojos muertos frente a los suyos, como una aparición, como un relámpago fugaz y aterrador, para pararle el corazón durante un terrible instante interminable. Nadie sabía su secreto y se veía incapaz de confiárselo a nadie, pero había llegado a ocupar un espacio importante de su mente, a incorporarse en sus rutinas como una presencia constante, una espada de Damocles acechante y pavorosa.

Miró el reloj. Se le había hecho tardísimo. Se calzó a toda prisa y, a saltitos, con un zapato en un pie y el otro a medio poner, se acercó hasta el armario de la entrada para coger el bolso y el abrigo. A punto de salir, con las llaves del coche y de casa ya en la mano, se acordó de la lavadora. Entró en la cocina a toda prisa, metió la ropa en el tambor, cerró la puerta, llenó el cajetín con el detergente y el suavizante y pulsó el botón de encendido. El chasquido inconfundible de la general al saltar se escuchó al tiempo que la casa quedaba a oscuras. La invadió el pánico. Probó suerte con el interruptor de la cocina, pero el plafón no se encendió. Salió corriendo al pasillo y probó allí también. Nada. Llegó a hasta la entrada, pegándose a las paredes y tirando un cuadro al chocar contra él. Buscaba la caja de fusibles y entonces surgió una idea, luminosa, en el fondo de su mente: ¡la luz del rellano! Se abalanzó hacia la puerta de entrada y al abrirla la luz se encendió automáticamente. Aquella mirada gélida y vacía surgió ante ella en el mismo instante. Dejó escapar un grito. Los ojos seguían allí.

Los textos de este blog son propiedad exclusiva de su autora y no se pueden reproducir, en su totalidad ni en parte, sin su permiso explícito. Las imágenes utilizadas son de libre distribución y su autoría está reconocida aquí.

30 de enero de 2013

Mi primer libro

Por fin, tras una espera que se ha hecho larguísima, he recibido mi primer libro. Se titula Las aventuras de Undine. La gran tormenta. y, como ya he comentado, lo publica el sello Bambú, del grupo Casals en su colección jóvenes lectores. Estará en las librerías a partir de este mes de febrero.

Es una historia para niñ@s alrededor de los 10 años y está llena de aventuras y fantasía. Vamos, el tipo de libro que me gustaba leer a mí cuando era pequeña. Ahora solo espero que les guste tanto a l@s niñ@s leerlo como me ha gustado a mí escribirlo.

Las preciosas ilustraciones son de Cristal Reza, una profesional como la copa de un pino con la que ha sido un auténtico placer trabajar.

Aquí podéis leer el primer capítulo.

9 de enero de 2013

Carbón negro, del que mancha

Aquí os dejo un relato navideño y nostálgico para despedir las fiestas.


Tina lleva un rato despierta, pero no se atreve a salir de la cama. Su madre le ha advertido muy claramente que no puede levantarse hasta que sea de día, y por las rendijas de las persianas todavía no se cuela ninguna claridad. Tina duerme en el sofá-cama de la sala de estar y no le gusta nada, sobre todo en un día como hoy. Se imagina a su hermana y su hermano, ambos mayores que ella, cuchicheando en sus literas mientras ella se muere de impaciencia sola en la salita.
El día de Reyes es su día preferido del año. La verdad es que este es el cuarto que ha vivido y de los dos primeros no se acuerda, pero a ella le parece sensacional. Lleva muchos días siendo muy, muy buena; desde que su madre le ayudó a escribir la carta, porque ella todavía no lo hace muy bien y tardaba mucho. Ha sido muy buena porque sabe lo que los Reyes les tienen reservado a las niñas malas y revoltosas: carbón negro, del que mancha. Y ella no quiere carbón; ella quiere el tiovivo de las Barriguitas, un cuento de la abeja Maya y una película del Cinexin. En realidad el Cinexin es de su hermano, pero sus padres siempre les mandan compartir los juguetes, así que puede jugar con él cuando quiera, si no lo está usando su hermano. Pero aunque ha sido buena desde lo de la carta, Tina está preocupada. Está preocupada porque sabe que en el fondo ha sido mala. No estos días, sino antes. Se ha peleado con sus hermanos muchas veces, y ha cogido galletas de la caja de la despensa, y ha saltado en el sofá, y ha hecho enfadar a mamá, y ha cogido cosas del suelo, y a una niña que quería jugar con ella en el parque le ha dicho, no sabe por qué, que se llamaba Susana; y eso es decir mentiras. ¿Y si los Reyes no le traen nada? Ellos son magos y lo saben todo.

La puerta de la salita se abre un poquito y por la rendija aparecen las caras de sus hermanos.
—¡Tina, arriba, que ya es por la mañana! —con tanto pensar se le ha hecho de día y ni se ha dado cuenta.

—¡Ya estoy despierta desde hace mucho rato! —protesta.
—Vamos a despertar a papá y a mamá.

En casa de Tina hay una tradición del día de Reyes: sus hermanos y ella despiertan a sus padres saltando sobre su cama y luego empieza la búsqueda de los regalos. A los Reyes les gusta esconder los paquetes por toda la casa, para que los niños tengan que buscarlos. Tina mira primero debajo del árbol de Navidad, pero cuando llega corriendo a la entrada no puede creerse lo que ven sus ojos. «¡Mamá, mamá! ¡Ven, corre!», grita. Cuando llega su madre, y con ella el resto de la familia, a Tina se le arruga la barbilla y se le llenan los ojos de lágrimas.
—¡Nos han traído carbón! —se lamenta, señalando una especie de piedras negras que han aparecido al pie del árbol.
—A ver, ¿pero cómo va ser eso posible? —Tina está tan disgustada que no advierte la media sonrisilla de su madre—. Pero mujer, ¿no te das cuenta de que esto no es carbón?
—¡Es carbón negro, del que mancha! —solloza Tina, inconsolable.
—¡Que no! ¿No ves que es carbón de azúcar? Es para comérselo.
Tina se sorbe la nariz y mira a sus padres con una mezcla de esperanza e incredulidad.
—¿Es para comérselo?
—¡Claro, tontita! —su padre arranca un trozo y se lo da a comer. Tina sonríe.
—¡Pues me voy a buscar los regalos!

Imagen prestada de aquí.

 Tina echa a correr con el trozo de carbón de azúcar en la mano y mira debajo de la mecedora de la salita, donde no hay nada. Tampoco hay nada en el armarito de las toallas, ni debajo de la cama de sus padres, ni detrás de los sofás del salón. Ni siquiera en el mueble-bar. Su hermana y su hermano también corren desesperados de una habitación a otra, pero tampoco encuentran nada. Los padres, entre risas, los animan («¡Venga, que alguno tiene que aparecer!», «¿Seguro que estáis mirando bien?») y también les toman un poco el pelo («A ver si iba a tener razón Tina y no os han traído más que carbón...», «¿Vosotros creéis que habréis sido bastante buenos?»). A Tina no le hacen ninguna gracias los chistes de sus padres, no entiende por qué se toman a broma una cosa tan seria como aquella. Al cabo de un rato buscando —nada en el horno, nada la mesilla de noche, ni rastro en la nevera— las bromas de los padres empiezan a acabarse y en la cara se les pone un cierto aire de preocupación. Intentan darles consejos para la caza, pero los niños están desconsolados y deciden rendirse: está claro que han sido tan malos que nos les han traído nada. Tina llora tanto que su cuerpecillo se sacude por el hipo y los sollozos en los brazos de su madre. Sus hermanos hacen pucheros, tirados boca abajo en la cama.
—A ver, a ver, no hay que ponerse nerviosos —papá entra en la habitación y le echa a mamá una mirada cómplice que ninguno de sus hijos capta, demasiado ocupados como están en restregarse los ojos y regodearse en su miseria—. Yo creo que lo que pasa es que no estáis buscando organizadamente. Vamos a ir habitación por habitación, mirando en todos los rincones. ¡Venga, venid conmigo!
La iniciativa no tiene mucho éxito al principio, parece que no hay manera de sacar a los niños de su desesperación, pero con un poco de insistencia, el padre los convence para empezar por el salón. Y entonces, ¡milagro!, los regalos empiezan a aparecer. El tiovivo de las barriguitas, el cuento de la abeja Maya, la película del Cinexin y también los regalos de su hermana y su hermano. Tina está tan contenta que ya se le ha olvidado el disgusto de unos momentos atrás. Sentada con su familia en la cama de sus padres, rodeada de papel de colores rasgado, de lazos y cintas y cajas de juguetes, Tina es la niña de cuatro años más feliz del mundo. Su madre la coge en brazos y se la sienta en el regazo, para montar el tiovivo entre las dos.
—¿Sabes una cosa, mami?
—¿Qué?
—Pues que yo creo que los Reyes nos estaban espiando y al vernos tan tristes, les hemos dado pena y han decidido darnos otra oportunidad.
—¡No me digas! ¿Y por qué lo crees?
—Pues porque mi tiovivo estaba debajo de la mecedora y ese era el primer sitio donde había mirado. ¡Ha sido magia, mami!
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30 de octubre de 2012

Tiene que ser esta noche

Advertencia de la autora: este relato es de terror y contiene descripciones muy gráficas que pueden resultar desagradables para algunas personas.

Imagen de Salvatore Vuono, en FreeDigitalPhotos.net

Tiene que ser esta noche.
La silueta de su figura, alta y delgada, se mueve a contraluz tras las cortinas, apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana mientras se prepara para marcharse a trabajar al hospital. He pasado tantas horas esperando, observando, fantaseando. Imaginando sus grandes ojos oscuros mirándome con terror, implorando por su vida. Su boca, siempre tan roja, abierta, buscando inútilmente la súplica y el aire mientras le aprieto cada vez más el delicado cuello, dejándole en la piel las marcas amoratadas de mis dedos. Esa piel tan pálida, translúcida y blanca como el mármol, no lechosa como la de esas pelirrojas llenas de pecas que tanto detesto. No, ella es perfecta en su hermosura fría y lánguida, y tiene que ser mía. Más allá de la amistad o el amor. Mía en la muerte.
Desde que me topé con ella a la salida del hospital, tan tarde que ya casi era temprano, supe que la haría mía. Me atrajo su pelo, tan largo, liso y negro; pero fue un cierto aire de angustia e inquietud, incluso de miedo, en su mirada y sus movimientos lo que me impulsó a seguirla hasta su casa. Caminaba muy deprisa. Quise creer que era yo, mi presencia, el sonido de mis pasos lo que la hacía apresurarse. Cuando cruzó la puerta de entrada casi corría. Las luces de la casa se fueron encendiendo a su paso y enseguida su silueta se fue recortando en una ventana tras otra, a medida que le iba cerrando los postigos al amanecer, que empezaba a despuntar. Me quedé un rato mirando a la última ventana que había cerrado, imaginando como se desnudaba para meterse en la cama, poco a poco. Se quitaría las prendas una a una y las dejaría caer al suelo en un rincón. Su cara se relajaría, al creerse segura detrás de la puerta, las ventanas, los cerrojos. Y entonces entraría yo. Y la agarraría por el largo pelo negro. Y la arrojaría sobre la cama. Y le besaría los labios, tan rojos. Y le mordería. Los labios, el cuello, los pechos, marcándole con los dientes la blancura de la piel. Y sería mía.


Va a ser esta noche.
Las luces del interior de la casa se apagan una noche más, pero la del porche queda encendida, esperando a que regrese en su coche poco antes del amanecer, como lo he hecho yo tantas madrugadas. Pero hoy no regresará. Hoy será para mí.
Noche tras noche la he seguido en el coche de casa al hospital, del hospital a casa. Siempre en el turno de noche. Siempre sola. Y día tras día la he seguido en el pensamiento, dominado por las fantasías, encendiéndome de deseo y anticipación. En la calle, en el trabajo, en el supermercado, en el coche, en casa. En mi habitación. Y el yo de mis fantasías es más fuerte que yo mismo. El yo de mis fantasías se baja del coche y corre hacia el porche iluminado, justo a tiempo para empujar la puerta cuando está a punto de cerrarla. O la aborda en el aparcamiento, amparado por las sombras. Y la empuja, y la tira al suelo y la hace suya. Pero nunca es bastante, nunca es suya enteramente y cada fantasía satisface menos que la anterior. Y entonces ella grita en mi mente y vuelve la excitación. Pero al día siguiente ya no es suficiente. Y entonces llora y suplica. Pero nunca es bastante. Y la agarra con fuerza y le pega. Y la aplasta con sus rodillas contra el suelo. Y la sujeta con fuerza por el cuello. Y ella se revuelve y patalea, pero es inútil. Y yo, ese yo más fuerte, más salvaje, aprieta y aprieta hasta que ella se deja de mover. Y entonces es tan hermosa como la primera vez que la vi, con los ojos, grandes y negros, llenos de angustia y miedo. Y entonces es mía. Mía.

Tiene que ser ahora. Va a ser ahora.
El aparcamiento trasero del hospital está desierto. Respiro con tal agitación que me parece que se me escucha desde el otro extremo de la ciudad. Ella camina despacio, rebuscando algo en el fondo bolso. Ni mira por dónde anda. No ve que va directa hacia mí. Se acabaron las fantasías.
Mi voz es un murmullo, casi un balbuceo, cuando le salgo al paso y le pregunto dónde está la entrada de urgencias. El resplandor rojizo del cartel luminoso del banco de sangre se refleja en sus mejillas cuando se vuelve para indicarme. Me lanzo sobre ella y la empujo con fuerza contra la puerta de una salida de emergencias cerrada. Nadie nos ve. Nadie nos oye. Los ojos se le llenan de sorpresa. No entiende lo que está pasando. «Tranquilo», me dice. Levanto el brazo y lo descargo con tal fuerza que se cae al suelo y se queda allí, sentada con las piernas abiertas, como una muñeca. Me mira con una mezcla de ansiedad y estupor, pero no veo miedo y eso me molesta. «¡No, por favor! ¡No sabes lo que haces!», su voz transmite urgencia y súplica, pero miedo no y eso me molesta. Mucho. Doy un paso hacia ella y recula, todavía en el suelo, tratando de ponerse de pie, tratando de escapar. Pero esta noche no. Caigo sobre ella: una mano al cuello, otra entre las piernas. «¡Por favor, por favor, no me obligues! ¡Déjame, aun puedes marcharte, no se lo diré a nadie!» De nuevo la súplica, casi la desesperación. Pero el miedo no. Esto es insoportable. El corazón se me quiere salir por la garganta. Noto las venas del cuello hinchándoseme de ira y frustración. «¡Por favor, no me obligues!» Saco la mano de su bragueta y la levanto en el aire, crispada en un puño. Voy a enseñarle lo que es el miedo. «Llevaba tanto tiempo sin hacerlo…» No entiendo lo que dice. Su voz ha cambiado. Ya no hay súplica, ni urgencia, ni desesperación. Solo resignación y una frialdad extraordinaria y sobrecogedora. El brazo se me congela a medio camino hacia su pómulo. Con una fuerza insospechada se desembaraza de mí y se me echa encima lenta pero inexorablemente, clavándome esos ojos, negros como pozos. El estupor no me deja moverme, no necesita ni agarrarme. «No me dejas alternativa», dice mientras se aparta con indolencia el pelo de la cara con una mano tan pálida como su rostro. «No me dejas alternativa.» A la luz mortecina y cárdena del fluorescente del banco de sangre veo sus ojos, tan grandes; y su pelo, tan negro; y su piel, tan pálida; y su boca, tan roja; y sus colmillos, tan blancos, mientras se abalanza sobre mí.
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