Los textos de este blog son propiedad exclusiva de su autora y no se pueden reproducir, en su totalidad ni en parte, sin su permiso explícito. Las imágenes utilizadas son de libre distribución y su autoría está reconocida aquí.

30 de octubre de 2012

Tiene que ser esta noche

Advertencia de la autora: este relato es de terror y contiene descripciones muy gráficas que pueden resultar desagradables para algunas personas.

Imagen de Salvatore Vuono, en FreeDigitalPhotos.net

Tiene que ser esta noche.
La silueta de su figura, alta y delgada, se mueve a contraluz tras las cortinas, apareciendo y desapareciendo en el marco de la ventana mientras se prepara para marcharse a trabajar al hospital. He pasado tantas horas esperando, observando, fantaseando. Imaginando sus grandes ojos oscuros mirándome con terror, implorando por su vida. Su boca, siempre tan roja, abierta, buscando inútilmente la súplica y el aire mientras le aprieto cada vez más el delicado cuello, dejándole en la piel las marcas amoratadas de mis dedos. Esa piel tan pálida, translúcida y blanca como el mármol, no lechosa como la de esas pelirrojas llenas de pecas que tanto detesto. No, ella es perfecta en su hermosura fría y lánguida, y tiene que ser mía. Más allá de la amistad o el amor. Mía en la muerte.
Desde que me topé con ella a la salida del hospital, tan tarde que ya casi era temprano, supe que la haría mía. Me atrajo su pelo, tan largo, liso y negro; pero fue un cierto aire de angustia e inquietud, incluso de miedo, en su mirada y sus movimientos lo que me impulsó a seguirla hasta su casa. Caminaba muy deprisa. Quise creer que era yo, mi presencia, el sonido de mis pasos lo que la hacía apresurarse. Cuando cruzó la puerta de entrada casi corría. Las luces de la casa se fueron encendiendo a su paso y enseguida su silueta se fue recortando en una ventana tras otra, a medida que le iba cerrando los postigos al amanecer, que empezaba a despuntar. Me quedé un rato mirando a la última ventana que había cerrado, imaginando como se desnudaba para meterse en la cama, poco a poco. Se quitaría las prendas una a una y las dejaría caer al suelo en un rincón. Su cara se relajaría, al creerse segura detrás de la puerta, las ventanas, los cerrojos. Y entonces entraría yo. Y la agarraría por el largo pelo negro. Y la arrojaría sobre la cama. Y le besaría los labios, tan rojos. Y le mordería. Los labios, el cuello, los pechos, marcándole con los dientes la blancura de la piel. Y sería mía.


Va a ser esta noche.
Las luces del interior de la casa se apagan una noche más, pero la del porche queda encendida, esperando a que regrese en su coche poco antes del amanecer, como lo he hecho yo tantas madrugadas. Pero hoy no regresará. Hoy será para mí.
Noche tras noche la he seguido en el coche de casa al hospital, del hospital a casa. Siempre en el turno de noche. Siempre sola. Y día tras día la he seguido en el pensamiento, dominado por las fantasías, encendiéndome de deseo y anticipación. En la calle, en el trabajo, en el supermercado, en el coche, en casa. En mi habitación. Y el yo de mis fantasías es más fuerte que yo mismo. El yo de mis fantasías se baja del coche y corre hacia el porche iluminado, justo a tiempo para empujar la puerta cuando está a punto de cerrarla. O la aborda en el aparcamiento, amparado por las sombras. Y la empuja, y la tira al suelo y la hace suya. Pero nunca es bastante, nunca es suya enteramente y cada fantasía satisface menos que la anterior. Y entonces ella grita en mi mente y vuelve la excitación. Pero al día siguiente ya no es suficiente. Y entonces llora y suplica. Pero nunca es bastante. Y la agarra con fuerza y le pega. Y la aplasta con sus rodillas contra el suelo. Y la sujeta con fuerza por el cuello. Y ella se revuelve y patalea, pero es inútil. Y yo, ese yo más fuerte, más salvaje, aprieta y aprieta hasta que ella se deja de mover. Y entonces es tan hermosa como la primera vez que la vi, con los ojos, grandes y negros, llenos de angustia y miedo. Y entonces es mía. Mía.

Tiene que ser ahora. Va a ser ahora.
El aparcamiento trasero del hospital está desierto. Respiro con tal agitación que me parece que se me escucha desde el otro extremo de la ciudad. Ella camina despacio, rebuscando algo en el fondo bolso. Ni mira por dónde anda. No ve que va directa hacia mí. Se acabaron las fantasías.
Mi voz es un murmullo, casi un balbuceo, cuando le salgo al paso y le pregunto dónde está la entrada de urgencias. El resplandor rojizo del cartel luminoso del banco de sangre se refleja en sus mejillas cuando se vuelve para indicarme. Me lanzo sobre ella y la empujo con fuerza contra la puerta de una salida de emergencias cerrada. Nadie nos ve. Nadie nos oye. Los ojos se le llenan de sorpresa. No entiende lo que está pasando. «Tranquilo», me dice. Levanto el brazo y lo descargo con tal fuerza que se cae al suelo y se queda allí, sentada con las piernas abiertas, como una muñeca. Me mira con una mezcla de ansiedad y estupor, pero no veo miedo y eso me molesta. «¡No, por favor! ¡No sabes lo que haces!», su voz transmite urgencia y súplica, pero miedo no y eso me molesta. Mucho. Doy un paso hacia ella y recula, todavía en el suelo, tratando de ponerse de pie, tratando de escapar. Pero esta noche no. Caigo sobre ella: una mano al cuello, otra entre las piernas. «¡Por favor, por favor, no me obligues! ¡Déjame, aun puedes marcharte, no se lo diré a nadie!» De nuevo la súplica, casi la desesperación. Pero el miedo no. Esto es insoportable. El corazón se me quiere salir por la garganta. Noto las venas del cuello hinchándoseme de ira y frustración. «¡Por favor, no me obligues!» Saco la mano de su bragueta y la levanto en el aire, crispada en un puño. Voy a enseñarle lo que es el miedo. «Llevaba tanto tiempo sin hacerlo…» No entiendo lo que dice. Su voz ha cambiado. Ya no hay súplica, ni urgencia, ni desesperación. Solo resignación y una frialdad extraordinaria y sobrecogedora. El brazo se me congela a medio camino hacia su pómulo. Con una fuerza insospechada se desembaraza de mí y se me echa encima lenta pero inexorablemente, clavándome esos ojos, negros como pozos. El estupor no me deja moverme, no necesita ni agarrarme. «No me dejas alternativa», dice mientras se aparta con indolencia el pelo de la cara con una mano tan pálida como su rostro. «No me dejas alternativa.» A la luz mortecina y cárdena del fluorescente del banco de sangre veo sus ojos, tan grandes; y su pelo, tan negro; y su piel, tan pálida; y su boca, tan roja; y sus colmillos, tan blancos, mientras se abalanza sobre mí.
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13 de agosto de 2012

Mi primer libro


¡Grandes noticias! Por fin se ha materializado el proyecto del que había hablado hace un par de entrada: me han mandado el contrato, así que ya puedo contarlo oficialmente: la Editorial Bambú, del grupo Casals, me va a publicar mi primera novela infantil el año que viene (probablemente salga el primer trimestre, pero de momento no tengo fecha confirmada). Estoy contentísima, porque es un grupo editorial importante y porque me ofrece la posibilidad de hacer talleres con l@s lector@s en los colegios, cosa que me parece de lo más bonito que se puede hacer como escritora.

De momento no puedo decir cómo se titula porque no tiene título definitivo, pero iré contando más cosas a medida que las vaya sabiendo. De momento, estoy encantada de la vida y me dispongo a comenzar el tercer capítulo de mi próximo libro, orientado más bien a un público adolescente.

12 de mayo de 2012

Ojos grises

Este relato, incompleto y también bastante inmaduro, lo escribí en 1996, cuando estudiaba primero de traducción e interpretación en la Universidad de Vigo.

Aminoró el paso por si él estaba y no la decepcionó: como todos los días, clavó sus profundos ojos grises en los de ella durante un par de segundos interminables y luego los volvió a hundir en su taza de café. Ella recuperó su paso normal, cruzó la acera y, 100 metros más allá, entró en su portal.

¿Quién era aquel hombre?

Durante más de dos meses, desde la primera vez que se habían cruzado sus miradas a través del cristal del bar, él había estado allí, en la mesa de la ventana, todos los días a la misma hora, sólo para mirarla durante dos segundos con aquellos ojos grises tan llenos de tristeza.

Al principio se sintió intimidada por aquella mirada tan intensa, pero sin darse cuenta empezó a esperar aquellos fugaces encuentros y no tardó mucho en sorprenderse consultando el reloj cuando se acercaba la hora de salir del trabajo, ansiosa por correr a la cita con aquel desconocido.

Se desesperaba tratando de comprender aquella mirada. Hubiera querido entrar en el bar, hablar con él, decirle que no tenía que estar siempre solo, ni mirar con tanta tristeza. Pero sentía que si lo hacía él se marcharía y no volvería más. Lo leía en aquellos ojos tan tristes y tan solitarios.

Al día siguiente no estaba en la mesa de la ventana. Ella no podía creerlo, le resultaba imposible. Durante unos minutos permaneció de pie frente al cristal mirando la silla donde él debería estar sentado y finalmente se decidió a entrar. Todos los ocupantes del local eran hombres, que se volvieron a mirarla como no hubiesen visto a una mujer en años. Ella sintió sus sucias miradas clavándosele en los pechos mientras avanzaba hacia la barra, detrás de la que la aguardaba un hombre enorme que se secaba las manos a un mandil mugriento que una vez había sido blanco.

—Perdone —dijo señalando hacia la mesa de la ventana—, ¿se ha marchado ya el hombre que estaba en aquella mesa?
—Hoy no se ha sentado nadie ahí.
«¡No había venido!» En su cabeza una voz alarmada repetía constantemente «no ha venido, no ha venido» impidiéndole entender con claridad lo que le decía el hombre de la barra. Su voz flotaba a kilómetros de allí.
—...si se refiere al tío que se sienta ahí todos los días, no ha venido hoy.
Ella se sorprendió al escuchar una voz que decía por su boca:
—¿Sabe cómo se llama o dónde puedo encontrarle?
—No —respondió la voz flotante de su inmenso interlocutor— no sé nada de él. Viene, pide su café, se lo toma y al rato se va.
—Muchas gracias —respondió la extraña por su boca—. Adiós.


Y se vio a sí misma abandonando el local mientras la voz de su cerebro «no ha venido». Siguió avanzando como una autómata por la calle hacia su casa, abrió el portal, «no ha venido», recogió el correo, «no ha venido», y subió las escaleras, «no ha venido». Y todo como si una extraña fuerza se hubiese apropiado de su cuerpo obligándole a moverse contra su voluntad. Pero una vez en casa la fuerza desapareció y la voz dejó de repetir «no ha venido» en su cabeza. Se sentó en el suelo con la espada apoyada a la puerta, mirando a través de la pared.

*****          *****          *****

Al día siguiente él tampoco acudió a la cita. Ni al otro, ni al otro.

Ella se desesperaba en el trabajo, pensaba que quizás esta vez sus profundos ojos grises volverían a mirarla desde el otro lado del cristal con aquella tristeza honda. Y al salir caminaba hacia el bar, torturada por el temor casi cierto de no encontrarlo allí y alentada por la esperanza de encontrarlo. Pero nunca era así. Empezó a obsesionarse. Ponía excusas para salir antes de la oficina y se pasaba las tardes observando desde su ventana, mirando la silla que él debería ocupar y no ocupaba, hasta que se le hacía de noche  y se metía en la cama sin haber probado bocado.

*****          *****          *****

La despertó el camión de la basura. Eran las cinco de la mañana. Se levantó, se dirigió al baño y se miró al espejo. Súbitamente, una voz interior preguntó «¿Pero qué te pasa?» a la imagen reflejada. Llevaba una semana escapándose del trabajo, casi sin comer, dormir o lavarse y la mujer que la miraba desde el espejo parecía diez años mayor que ella misma. Se preguntó cuál sería el siguiente paso y decidió que aquello se había acabado. Abrió el grifo de agua caliente y se dio un baño largo. Desayunó café con leche y tostadas, pero su cuerpo se había acostumbrado al ayuno y vomitó todo. Se puso un vestido azul y unos zapatos de tacón alto y se dirigió al trabajo.

Miró los árboles de las aceras y vio que empezaban a brotar hojas nuevas y algunas flores. ¿Había llegado la primavera? Ni siquiera se había dado cuenta de que el aire de la mañana era más cálido y los días más luminosos. Las calles aun estaban casi vacías y la sensación de que la ciudad era suya aligeró un poco el peso que la oprimía por dentro. Respiró hondo. Algo parecido a una sonrisa se le asomó a la cara, en su mente George Harrison empezó a cantar Here Comes the Sun y sus pasos se acoplaron a la música. Una nube pequeña y blanquísima cruzaba el cielo muy despacio.

Foto de Pixomar

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11 de mayo de 2012

Nuevo proyecto

A finales de marzo, una editorial bastante importante se puso en contacto conmigo para comunicarme que les había gustado mucho mi primera novela de literatura infantil. Bueno, que le había gustado a la editora que se la había leído, y que haría lo posible para que la publicase su editorial. Como la cosa no depende solo de ella y el libro lo tienen que leer más personas, además de que lo apruebe el departamento de márketing, aquí me tienen, mordiéndome los muñones (a falta de uñas) esperando que llegue finales de mayo, que es cuando me han dicho que me confirman si publican el libro o no.

¿Y todo esto a que viene? Pues viene a que, visto que el tiempo no termina de pasar y que mi segunda novela de LiJ se me resiste (tengo unos personajes cojonudos, pero no tengo argumento 0_o'), he decidido empezar un nuevo proyecto y hoy he escrito el primer capítulo del tirón. No puedo contar nada más, pero estoy bastante ilusionada.

10 de mayo de 2012

Una llum al puig

Este es un relato que escribí en 1994 (a los 15 años, cuando estudiaba en el instituto Sa Blanca Dona) y con el que gané el premio Ramon Muntaner de narrativa corta que otorga el Consell Insular de Eivissa i Formentera. Es muy adolescente, claro está, pero como es lo único que tengo publicado (al menos de ficción), me ha hecho gracia inaugurar el blog con él.

Quina calor que fa aquesta nit! Són horribles les nits d’agost en que la calor és tan intensa que sembla que puguis mastegar l’aire.
Aquesta és una d’elles i jo no puc dormir. A fora sento els sorolls de les nits d’estiu: els cri-cris dels grillons, les granotes a l’estany del fons de la vall i el cant melodiós del rossinyol al pomer de l’hort.
Per la finestra, totalment oberta, entra l’aire de la nit, convidant-me a que contempli com és de meravellosa; així que m’aixeco i amb els peus nusos , vaig cap a ella. Si que ne’s de preciosa, la nit! Al cel una lluna enorme i rodona acaba de sortir de darrera els pujols i al seu voltant, una cort d’estels balla.

Imagen de Idea go
“Aquesta nit m’està cridant”, em dic i sense pensar-ho dos cops salto per la finestra a la branca del pomer i després aterro suaument a l’herba fresca y verda que fa pessigolles als peus.
Si la mare sabés el que estic fent em mataria! Segur. “Tu et penses que a mi m’agrada anar de metge en metge?”, em diria. “Però a qui se li acud?”. És com si la estigués veient. De vegades em tracta com una nena de deu anys.

De tota manera no ho sap... A més a més, acabo de decidir on vaig: al cim del tossal en el que està la casa. Ja feia temps que no hi pujava. De petites hi pujàvem sovint, ma cosina i jo. Ens quedàvem molta estona, hores senceres, fins que algú ens cridava l’atenció per trepitjar-li el sembrat o robar-li les cireres. És per això que li dèiem “Can Cirera”. Abans hi havia terres de conreu on es plantava blat de moro i patates, però ja fa anys que ningú no planta res i les flors i l’herba ho envaeixen tot; només queden els cirerers del senyor Andreu.
Camino xino-xano pel corriol i passo per sota dels roures i castanyers centenaris i pel costat de la camèlia blanca on, no se quan, va haver un niu de merla. Mare de Déu, quants records! Quines tardors, quines castanyades, quines baralles per veure qui havia agafat la castanya més grossa! I això que només tinc divuit anys...

Però què és això? Una cosa ben estranya, com una llumeta que es pasetja d’un lloc a l’altre. Serà un esperit? He sentit contes de bruixes a les fogueres d’estiu o dels llavis de l’avia a las nits d’hivern, vora la llar de foc, quan era petita; però mai no havia sentit a dir que hi hagués cap tipus d’esperit, fada o foc fullet a “Can Cirera”.
De tota manera m’encanta cercar motius sobrenaturals a les coses, fins i tot podria tenir una trobada a la tercera fase! En fi, que mai dic que no a una aventura, així que m’apropo a poc a poc a la llumeta, que de vegades es mou, de vegades es para o desapareix.
Així com m’apropo em sembla veure un cos i de seguida me’n adono que és una dona, que sembla flotar per sobre de les herbes. Du un vestit vaporós, com de seda o de gasa, els rínxols llargs i deslligats i un fanalet. (“Mira què era la llum”, penso.) Té un cistellet a la mà i sembla com si agafés coses del terra. Es clar que ho fa! Agafa flors! No li veig la cara, però segur que deu ser preciosa. Em vaig suposar que no tenia peus, però ara veig que si i no du sabates, com jo.
Potser no sigui un ésser irreal, però si es d’aquest món m’agradaria conèixer-la; hi ha molt poca gent que estigui tan boja com jo. Està preciosa amb la lluna plena de fons. Si, segur que no és d’aquest món. Com m’agradaria veure-li la cara!. M’acosto silenciosament, a veure si no l’espanto. Ja estic gairebé a la seva vora, tapada per l’herba alta, quan de cop un nuvolet mandrós destapa el tros de lluna que tacava i aquesta brilla amb més força; la dona es regira i...

La meva sorpresa és indescriptible, perquè aquella dona que sembla una nimfa, que camina descalça sota la lluna i que agafa flors a les tres del matí... és la meva mare!!! Mai no la havia vist tan jove ni tan bonica, mai no m’havia fixat en la seva part romàntica. Segur que li agrada en Papasseit i encara riu al llit amb el papa. No me’n havia adonat de la mare que tinc. La miro un altre cop i, tan silenciosament com vaig venir, me’n vaig.

Un raig de sol entra per la finestra, despertant-me. Em poso les sabatilles i baixo a la cuina, d’on surt un meravellós olor de cafè. A taula, suc de taronja, croissants, cafè i una enorme panera de flors silvestres.
-Bon dia, mama! –dic, fent-li un petó- T’he dit mai com t’estimo?
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