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23 de noviembre de 2019

Comer y follar


Llevo meses sin echar un polvo, y ha sido una decisión consciente nacida de la resignación. He abrazado la castidad como quien deja de ir a un bufé libre en el que solo se sirven gachas sosas y aguadas. O mejor dicho: un restaurante en el que tienes que prepararle la comida a tu acompañante y donde invariablemente acabas cenando gachas sosas y aguadas (con suerte unos macarrones pasados con salsa de bote) mientras contemplas a tu acompañante deleitándose con el solomillo a la trufa blanca con salsa de boletus acompañado de arroz salvaje con verduritas de temporada que le has preparado. Cuando no irrumpe en la cocina y antes de que te dé tiempo de encender los fogones te arrincona en una esquina y te hace comer las gachas ignorando tus sugerencias de cambios en el menú.

Para mí, el sexo y la comida son cosas muy parecidas: ambas son necesarias para la perpetuación de la especie y ambas pueden ser extremadamente placenteras y cargadas de significado tanto como del todo decepcionantes y vacías o destructivas. Follar puede ser el equivalente a embutirte de queso casi sin masticar delante de la nevera porque estás hambrienta, deprimida o ansiosa, y también una experiencia sublime y sorprendente, como comer en un tres estrellas Michelin, o reconfortante y llena de amor, como cenar las croquetas que te ha mandado tu abuela en un tuper después de haber ido a pasar el domingo con ella, que hacía tanto que no os veíais. Y cualquier cosa entre lo uno y lo otro.

En el caso del sexo, creo yo, el problema reside en que se nos ha inculcado la idea de que el solomillo a la trufa blanca y el menú de tres estrellas son delicias reservadas para la pareja, para las personas hacia las que sientes amor romántico y, por lo tanto, en cualquier relación sexual que se salga de ese contexto, los macarrones con atún y tomate Solís son más que suficientes. ¿Para qué esforzarse más si esa persona no es importante para ti? Puede que una de las claves esté precisamente en eso, en el verbo «esforzarse»: en que se busca el orgasmo, el desahogo final, sin recrearse en el camino ni, mucho menos, en el placer ajeno. Si cuando nos acostamos con alguien no buscamos la cercanía, el calor humano, un momento de proximidad y entendimiento, aunque sea físico y no afectivo con otra persona, ¿para qué lo hacemos? ¡Con lo fácil y rápido que es alcanzar el orgasmo con la masturbación! Es algo que siempre me resulta imposible de comprender: que alguien pueda disfrutar del sexo con una persona a la que, a todas luces le está dando igual lo que allí ocurre o incluso le incomoda. Me recuerda a esa escena de Siete novias para siete hermanos en la que Milly prepara una deliciosa cena casera para sus recién adquiridos cuñados y estos se lanzan sobre la comida como una piara de cerdos hambrientos y la engullen sin saborearla. Ya ni hablemos de esperar a que ella se siente a la mesa, darle las gracias o elogiar su trabajo.





Y sí, ya sé que el sexo ocasional rara vez será tan bueno como con una pareja con la que existe un vínculo afectivo y un conocimiento mutuo de los cuerpos y las preferencias, igual que, por muy bueno que sea el menú degustación de un tres estrellas, no me va a calentar el corazón como el olor a picatostes de pan fritos en aceite de oliva de aquellas mañanas de mi primera infancia en que mi padre se encontraba especialmente cariñoso y de buen humor. Pero no dejará de ser un menú de tres estrellas. Igual que la ratatouille que Alfredo Linguini le sirve a Anton Ego no es la misma que la de su madre… pero todos nos hemos emocionado con esa escena, ¿verdad?

También soy consciente de que no todo el mundo es Carme Ruscalleda, pero si voy a salir a comer fuera espero como mínimo que me sirvan lo que he pedido, que me escuchen cuando les comento mis alergias y que los platos estén cocinados con mimo y un mínimo de dedicación. Para ir al bufé de las gachas, me quedo en casa, que me salen unas lentejas que levantan a los muertos. Y puedo repetir todas las veces que quiera.

6 de septiembre de 2019

Aeropuerto

Advertencia de la autora: este relato es erótico y contiene descripciones muy explícitas que pueden no ser del gusto de algunas personas.

Recogió el ticket y lo dejó en el salpicadero. La barrera se abrió, franqueándole la entrada. Echó un vistazo fugaz al reloj mientras recorría el aparcamiento buscando el rincón más apartado. Era muy temprano y a esas horas no había casi nadie en el aeropuerto, pero más valía prevenir. Por fin aparcó en la esquina más alejada de la entrada a la terminal, en la última planta, entre una pared y una furgoneta grande que tenía pinta de llevar allí varios días. Más intimidad no se podía tener en un sitio como aquel. Se quitó el tanga y lo guardó en la guantera, sonriendo con malicia al imaginar la reacción de David al descubrir que no llevaba ropa interior. Luego se lo pensó mejor y se lo metió en un bolsillo. Por último, movió los asientos delanteros tan hacia delante como era posible, echó una mirada analítica al espacio que quedaba atrás y se dio por satisfecha. «Tendrá que valer», pensó y se dirigió hacia la terminal, seguida del tac, tac, tac de sus tacones resonando en el aparcamiento vacío.

Foto de artur84, en freedigitalphotos


Los monitores de la zona de llegadas anunciaban que el vuelo estaba aterrizando y a los pocos minutos empezó a salir gente. La mezcla de impaciencia y excitación empezaba a hacérsele insoportable cuando se abrieron las puertas automáticas y apareció David. Estaba moreno, muy guapo. La buscaba con la mirada y cuando la encontró le dedicó una sonrisa que se le enganchó en las entrañas. Quiso salir corriendo y abrazarlo, pero se contuvo para darle tiempo de verla bien mientras se acercaba y que la desease más. Funcionó. David soltó la maleta, le rodeó la cintura y la besó como si no hubiera nadie en la terminal.
—Holaaaa —dijo, agarrándole el culo con una mano.
—Vámonos de aquí. —Ana no tenía tiempo para saludos.
De camino al ascensor, aprovechó para deslizar en la mano de David el contenido de su bolsillo.
—¿Qué es esto?
—Un regalito. —La respuesta llegó a la vez que el ascensor.
David abrió el puño para ver la prenda de encaje blanco y no le dio tiempo a que se cerrasen las puertas: la empujó contra la pared y comenzó a besarla mientras le metía la mano debajo del vestido.
—Estás empapada…
—Te echaba de menos.
—¡Qué hambre me das!

Recorrieron la distancia hasta el coche a buen paso, las manos buscando los rincones del otro cuerpo. Él la apoyó contra el lateral del coche y se perdió en su escote. Mordiendo, lamiendo, chupando. Ella le soltó el botón de los pantalones, metió la mano dentro del calzoncillo, buscando su erección, y la agarró con firmeza.
—¡Uf! Te echaba de menos.
—¡Ven aquí! —Sin dejar de besarla, David abrió la puerta y la tumbó en el asiento, cerró tras de sí y se colocó entre sus piernas.
Ana se bajó los tirantes del vestido y del sujetador, aunque ya tenía un pecho descubierto.
—Quítate la camiseta y métemela ahora mismo. Quiero sentir como entra.
Obedeció gustoso. Le separó los labios mientras rozaba el clítoris con el pulgar e introdujo el pene, duro como una piedra, poco a poco, notando como la llenaba y como se estremecía su cuerpo con el contacto. Se inclinó sobre ella y comenzó a moverse. Quería controlarse, marcar un ritmo lento, pero fue incapaz. Ella lo animaba con su mirada de deseo, sus movimientos y sus palabras.
—Fóllame, por favor. Fóllame fuerte. —Y empujaba con las caderas contra las de él—. Quiero correrme ahora mismo. —Y le llenaba la boca con su lengua—. Cómeme, muérdeme. —Y se tocaba el clítoris en una caricia casi furiosa—. ¡Cómo me follas, David, me voy a desmayar aquí mismo!
La respiración de Ana se hizo más profunda, convirtiéndose en un jadeo, y su cuerpo comenzó a tensarse. David sintió en el pene las contracciones del orgasmo de su novia, y sus uñas clavándosele en la espalda. Ana echó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y dejó escapar un gemido largo y grave. David no pudo resistirse a sus pechos y los mordió, empujando con su pelvis hasta el fondo, pese a sus súplicas.
—Por favor, no puedo más, me voy a morir.
—No te mueres —le susurró al oído sin dejar de moverse—. Aguanta un poco.
El segundo orgasmo la sacudió como una descarga eléctrica y se revolvió bajo el peso de David, perdido por completo el control. Él la sujetó por las caderas, sintiendo su propio orgasmo aproximarse.
—Dime dónde lo quieres.
—Dentro —gimió Ana, casi incapaz de hablar.
David se dejó ir, empujando contra el cuerpo de ella, besándola con todas las ansias de los meses de ausencia, sintiendo sus pechos contra el suyo. Se quedó ahí un momento, sin pensar en nada, solo disfrutando el contacto del cuerpo de Ana y besándola suavemente.
—Vámonos a casa —dijo al fin.