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12 de mayo de 2012

Ojos grises

Este relato, incompleto y también bastante inmaduro, lo escribí en 1996, cuando estudiaba primero de traducción e interpretación en la Universidad de Vigo.

Aminoró el paso por si él estaba y no la decepcionó: como todos los días, clavó sus profundos ojos grises en los de ella durante un par de segundos interminables y luego los volvió a hundir en su taza de café. Ella recuperó su paso normal, cruzó la acera y, 100 metros más allá, entró en su portal.

¿Quién era aquel hombre?

Durante más de dos meses, desde la primera vez que se habían cruzado sus miradas a través del cristal del bar, él había estado allí, en la mesa de la ventana, todos los días a la misma hora, sólo para mirarla durante dos segundos con aquellos ojos grises tan llenos de tristeza.

Al principio se sintió intimidada por aquella mirada tan intensa, pero sin darse cuenta empezó a esperar aquellos fugaces encuentros y no tardó mucho en sorprenderse consultando el reloj cuando se acercaba la hora de salir del trabajo, ansiosa por correr a la cita con aquel desconocido.

Se desesperaba tratando de comprender aquella mirada. Hubiera querido entrar en el bar, hablar con él, decirle que no tenía que estar siempre solo, ni mirar con tanta tristeza. Pero sentía que si lo hacía él se marcharía y no volvería más. Lo leía en aquellos ojos tan tristes y tan solitarios.

Al día siguiente no estaba en la mesa de la ventana. Ella no podía creerlo, le resultaba imposible. Durante unos minutos permaneció de pie frente al cristal mirando la silla donde él debería estar sentado y finalmente se decidió a entrar. Todos los ocupantes del local eran hombres, que se volvieron a mirarla como no hubiesen visto a una mujer en años. Ella sintió sus sucias miradas clavándosele en los pechos mientras avanzaba hacia la barra, detrás de la que la aguardaba un hombre enorme que se secaba las manos a un mandil mugriento que una vez había sido blanco.

—Perdone —dijo señalando hacia la mesa de la ventana—, ¿se ha marchado ya el hombre que estaba en aquella mesa?
—Hoy no se ha sentado nadie ahí.
«¡No había venido!» En su cabeza una voz alarmada repetía constantemente «no ha venido, no ha venido» impidiéndole entender con claridad lo que le decía el hombre de la barra. Su voz flotaba a kilómetros de allí.
—...si se refiere al tío que se sienta ahí todos los días, no ha venido hoy.
Ella se sorprendió al escuchar una voz que decía por su boca:
—¿Sabe cómo se llama o dónde puedo encontrarle?
—No —respondió la voz flotante de su inmenso interlocutor— no sé nada de él. Viene, pide su café, se lo toma y al rato se va.
—Muchas gracias —respondió la extraña por su boca—. Adiós.


Y se vio a sí misma abandonando el local mientras la voz de su cerebro «no ha venido». Siguió avanzando como una autómata por la calle hacia su casa, abrió el portal, «no ha venido», recogió el correo, «no ha venido», y subió las escaleras, «no ha venido». Y todo como si una extraña fuerza se hubiese apropiado de su cuerpo obligándole a moverse contra su voluntad. Pero una vez en casa la fuerza desapareció y la voz dejó de repetir «no ha venido» en su cabeza. Se sentó en el suelo con la espada apoyada a la puerta, mirando a través de la pared.

*****          *****          *****

Al día siguiente él tampoco acudió a la cita. Ni al otro, ni al otro.

Ella se desesperaba en el trabajo, pensaba que quizás esta vez sus profundos ojos grises volverían a mirarla desde el otro lado del cristal con aquella tristeza honda. Y al salir caminaba hacia el bar, torturada por el temor casi cierto de no encontrarlo allí y alentada por la esperanza de encontrarlo. Pero nunca era así. Empezó a obsesionarse. Ponía excusas para salir antes de la oficina y se pasaba las tardes observando desde su ventana, mirando la silla que él debería ocupar y no ocupaba, hasta que se le hacía de noche  y se metía en la cama sin haber probado bocado.

*****          *****          *****

La despertó el camión de la basura. Eran las cinco de la mañana. Se levantó, se dirigió al baño y se miró al espejo. Súbitamente, una voz interior preguntó «¿Pero qué te pasa?» a la imagen reflejada. Llevaba una semana escapándose del trabajo, casi sin comer, dormir o lavarse y la mujer que la miraba desde el espejo parecía diez años mayor que ella misma. Se preguntó cuál sería el siguiente paso y decidió que aquello se había acabado. Abrió el grifo de agua caliente y se dio un baño largo. Desayunó café con leche y tostadas, pero su cuerpo se había acostumbrado al ayuno y vomitó todo. Se puso un vestido azul y unos zapatos de tacón alto y se dirigió al trabajo.

Miró los árboles de las aceras y vio que empezaban a brotar hojas nuevas y algunas flores. ¿Había llegado la primavera? Ni siquiera se había dado cuenta de que el aire de la mañana era más cálido y los días más luminosos. Las calles aun estaban casi vacías y la sensación de que la ciudad era suya aligeró un poco el peso que la oprimía por dentro. Respiró hondo. Algo parecido a una sonrisa se le asomó a la cara, en su mente George Harrison empezó a cantar Here Comes the Sun y sus pasos se acoplaron a la música. Una nube pequeña y blanquísima cruzaba el cielo muy despacio.

Foto de Pixomar

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